
Cambiar de lugar es mucho más que trasladarse de una casa a otra, de una ciudad o país a otro. Es abrir una etapa nueva con lo que eso implica: ilusión, miedo, incertidumbre, esperanza. En especial para las familias, este proceso puede traer múltiples desafíos emocionales, tanto para adultos como para niños y adolescentes.
Desde mi enfoque en educación emocional y bienestar familiar, propongo mirar este tipo de transiciones como procesos que merecen ser acompañados. No se trata de evitar el impacto del cambio, sino de transitarlo con conciencia, herramientas y contención.
Antes del cambio podemos ponernos manos a la obra y preparar el terreno emocional:
Las emociones aparecen incluso antes de hacer las maletas. Pueden convivir la alegría por una oportunidad nueva y la tristeza por lo que se deja atrás. Por eso, es importante darle lugar a todas las emociones, sin juzgarlas.
Hablar en familia sobre el cambio es clave. ¿Qué siente cada uno? ¿Qué esperan, qué desean, que les causa incertidumbre? Este diálogo sincero ayuda a que cada integrante se sienta acompañado y comprendido.
También es útil crear pequeños rituales de despedida: una merienda con amigos, una carta a la casa que se deja, una foto especial. Estos gestos simbólicos permiten cerrar una etapa de forma saludable y darle espacio a lo que será un nuevo comienzo.
Seguimos la próxima.
Un abrazo, Belén
